08 noviembre 2009

The man who stares at goats


Tal vez sea completamente absurdo imaginar la existencia de un grupo de soldados cuya única arma son sus supuestos poderes psíquicos, y para colmo, entrenados con la intención de detener guerras. Pero ya no digamos si dicho cuerpo "especial" de soldados pertenece al ejército de los Estados Unidos. Si mezclamos esta idea con un George Clooney en estado de gracia, un jedi despistado (Evan Mc Gregor), un Jeff Bridges en pleno espíritu Coen y un Kevin Spacey en el papel de villano, tenemos ya el delirio completo. Ah, me olvidaba. La cabra. También está la cabra.

El hombre que mira fijamente a las cabras es una comedia absurda con un tempo particular y atípico, con una falsa estructura lineal montada exclusivamente sobre cuatro ideas básicas que será enriquecida con sucesivos flashbacks, el punto verdaderamente fuerte (y divertido) de toda esta historia. Una historia montada al completo sobre el pasado, sin un objetivo definido sobre su presente, buscando tan sólo... delirar. Una característica que es, a la vez, su aspecto más original y también su principal lastre, ya que hasta para la más irracional de las lógicas, se necesita un hilo que arrastre al espectador hasta el desenlace. No obstante, no es poco lo que regala Grant Heslov con esta película: un puñado de gags brillantes y una manifiesta ambición por buscar otra cosa, incluida una moraleja política en absoluto velada. Eso sí, con mucho sentido del humor.

23 octubre 2009

O camiño da loureira

O camiño da Loureira from Toño Chouza on Vimeo.



Para os que cando eran cativos non tiñan rúa, senón camiño.

18 octubre 2009

Ensalada mixta


Qué decepcionante es ver una película sobre el mayo del sesenta y ocho (Il grande sogno) cuando cada frase y cada imagen suenan a progresismo mal entendido, a nostalgia rancia y aburrida, a topicazo barato. No es que Michele Placido falte a la verdad de manera intencionada pero, en cierta forma, traiciona el espíritu que persigue encontrar. Scamarcio tira del carro pero no lo suficiente; Luca Argentero aparece deslucido y desvaído, y ni siquiera Jasmine Trinca hace merecer la película. Por cierto, ¿no les da vergüenza a los señores del Festival de Venecia conceder el Mastroianni a Trinca, cuando ya ha sido sobradamente "revelada" en Romanzo criminale, La habitación del hijo o La mejor juventud?


Sin esperar nada, resulta que devoro Distrito 9 casi sin pestañear. Aunque el visionado me resulta sumamente desagradable y la resolución de ciertos aspectos me decepciona, la película apadrinada por Jackson tiene un buen puñado de cosas interesantes. Va a ser verdad que, cuando la naturaleza humana se estudia desde el prisma de la ciencia ficción con la inteligencia suficiente, se reflexiona sobre cuestiones éticas casi mejor que en ningún otro género. Aún lamentando esa cuesta abajo en la que se va sumergiendo la historia hacia su tercio final, ¿no resulta inquietante pensar en las consecuencias de ese final... y lo que dicen los rótulos? (Qué lástima. Todavía me cuesta destripar los argumentos, y eso que esto es un blog, no un periódico informando sobre un estreno. Es como un principio inviolable, ¿verdad? Salvo que se pacte previamente "hablar de ello").


Mucho más fácil de digerir es la película de Ang Lee. Ni hay gamberoni apiñados en campos de concentración ni nada de eso. Taking Woodstock es una historia curiosa, en el sentido de que decide contar qué sucede en torno al festival, sin usar prácticamente la música que sería esperable, ni por supuesto mostrar una imagen del famoso concierto. (Ni siquiera -y yo lo agradezco- utiliza ninguna imagen real en blanco y negro sacada de algún archivo televisivo como soporte). Convertir "la atmósfera" del fenómeno en la verdadera protagonista de la película es harto complicado; se consigue a medias, ya que la falta de conflicto -que diría un guionista- genera un cierto estancamiento del interés por lo que ocurre. Pero, al fin y al cabo, es un film demasiado sencillo y agradable como para detestarlo, amarlo o ninguna otra cosa. Una especie de reverso luminoso de la otra América que Lee muestra en La tormenta de hielo.

Leo en todas partes que Amenábar se está comiendo la taquilla a bocados. Que a la gente le gusta la aventura de Rachel Weisz y que los críticos se dividen. Y que yo me quedo con las ganas de poder echarle el diente...


06 octubre 2009

Whatever works


Allen regresa a Nueva York y, rescatando este viejo guión de los años setenta, reinventa de paso otra versión superlativa de sí mismo: ese Boris Yellnikoff soltando espumarajos por la boca.

Personaje muy Allen o tal vez sólo una ligera desviación del habitual alter ego televisivo del actor, el caso es que nada más demencial que este inspiradísimo Larry David interpretando a un físico teórico y tomándose a guasa la entropía, la genialidad de los científicos y la teoría de cuerdas. Sin embargo se adivina que las disquisiciones cuánticas le despiertan ternura a Woody, mientras que con más saña que nunca despelleja viva a esa clase bohemia en la que de alguna forma se autoreconoce. Cuán Keaton sale Patricia Clarkson.

Su enésima vuelta de tuerca a las teorías sobre el amor, además de hacernos reir a carcajadas, nos conducen a meditar sobre cuestiones que ya Lisa Simpson planteó un buen día con mucha lucidez: Dicen que, a menudo, a mayor grado de inteligencia, más disminuye la felicidad. Lo he reflejado en una gráfica. ¡Me encantan las gráficas!

Haciéndole caso a Lisa, Boris tal vez sea un genio, pero es auténtico imbécil como ser humano; Melody posiblemente sea una estúpida de campeonato, pero alberga un corazón de oro y una expresión de felicidad sincera. Si la inteligencia anula la capacidad de amar y conduce inevitablemente al fracaso -al final basta che funzioni-, la conclusión es que tal vez prefiramos ser tontos redomados. ¿Cliché? Esto es una comedia. Y piensen en lo que Boris nos dice: con frecuencia los clichés son la mejor manera de reflejar la auténtica realidad. Allen juega a confundirnos y a ser sincero, todo a un tiempo.

La eterna obra de teatro que es la vida, que sólo el "brillante" Boris percibe -y gracias a ello interpela directamente al espectador, derribando la cuarta pared- cobra luz, alegría y color en una comedia ligera, veloz, despiada, y aún así, tremendamente dulce.

"El viernes desperté y, como el universo está en expansión,
tardé más de lo habitual en encontrar mi bata".

Woody Allen

24 septiembre 2009

Fobias

Según me dicen, ya se ha abierto la inscripción a un club antiCampanella y antiWoody Allen. No es raro: ambos devuelven al cine al lugar en el que la inteligencia, la emoción, la escritura y el mirón tienen toda la importancia del mundo.
Rodríguez-Marchante dixit, y este bicho lo suscribe.

Alguien más comenta algo similar:
Voy buscando a Fatih Akin, un tipo que hace unas películas tan entretenidas, tan bien escritas y crea unos personajes tan interesantes que ha tardado poquísimo en ser aborrecido y despreciado por los críticos de alto nivel.
Al final tendré que darle la razón a los que dicen que una parte importante del sector de la crítica cinematográfica detesta el cine que le produce emociones. Salvo que tenga más de 25 años de antigüedad y ya sea de cretinos negar su valía.

Sic.

PD. Y en otro momento hablamos de Whatever works. Lo que me he reido con Allen...

23 septiembre 2009

Soul Kitchen


Fatih Akin no es conocido por dominar el plano secuencia, por ejemplo. Cualquiera de las virguerías del último Michael Mann están a años luz del cineasta germano-turco.

A Akin lo conocemos -y queremos- por sus historias, cuya complejidad e intensidad atrapa, abraza y envuelve. No es que sea un torpe en eso de rodar; más bien al contrario, pertenece al agraciado grupo de cineastas de estilo invisible que impide que pensemos en el cómo más que en el qué mientras sus películas se nos pasan en un suspiro.

Después de revolvernos las tripas con Contra la pared o Al otro lado, Akin se personó en Venecia con una comedia: Soul Kitchen. Todos los rostros de sus películas anteriores pasean por esta comedia dulce. Y digo dulce, que no tonta. No hay muchos gags visuales, ni siquiera lingüísticos, pese a que los guiones de Akin son siempre excelentes: el humor es situacional, procede fundamentalmente de lo que ocurre, aunque no sean nada desdeñables las habilidades de clown del actor Adam Bousdoukos. Soul Kitchen traza algunos círculos, cierra agradablemente sus hilos abiertos, nos hace reir con sinceridad en un buen puñado de ocasiones, y salimos del cine en estado de felicidad, lo cual, tal y como se cotiza hoy día la sonrisa en el cine, no es poco. Quizá el jurado de Venecia, muy aburrido en sus butacas, agradeció lo mismo que yo tras ver el film y decidió otorgarle el Gran Premio a su director.

Sorprende la falta de truculencia y de negrura -que por más que la busqué no la hallé- en alguien que parecía destinado a contar sólo historias trágicas. Me pregunto por qué tantas películas con una cocina dentro acaban, de una forma u otra, tendiendo un puente hacia la comedia...

13 septiembre 2009

Demonios interiores

Venecia premia a Samuel Maoz por Lebanon, una película que narra las 24 horas de un grupo de jóvenes soldados atrapados en un tanque durante la guerra del Líbano. Leo en la prensa:

Una historia muy personal, basada en los recuerdos del director y con la que ha tratado de acabar de una vez con los demonios que su participación en la guerra le crearon cuando apenas tenía 20 años. Al recoger el premio, Maoz quiso dedicarlo a «las miles de personas en el mundo que vuelven de la guerra, como yo, aparentemente bien. Se casan y tienen hijos pero en su interior permanecen vacíos».

¿No os suena de algo la historia y la reflexión? Parece que el cine israelí reciente insiste en volver hacia su pasado más traumático.

En breve se estrena la película por aquí, espero entender suficiente italiano como para poder contárosla. Baci!

Foto: Marcelo y Brigitte espían la Mole Antonelliana, sede del Museo Nacional de Cine.

01 septiembre 2009

Días de radio


Galicia, agosto de 1962. En un remoto pueblecito pesquero -sigue siendo remoto hoy día, pero entonces con aquellas carreteras de cabras era casi como vivir en el fin del mundo- se vivía un apagón. No habiendo luz, la familia se encontraba apiñada en casa, intentando vislumbrar algo en la penumbra. La luz oscilaba; volvía, se iba de nuevo. Entonces uno de ellos, aprovechando uno de esos instantes, dijo: Pon la radio. La radio, ese lazo de unión con el resto del mundo, un mundo aún no dominado por los televisores. Encendieron el transistor. La señal osciló y se escuchó la voz del locutor...

Hoy mi madre me contó cómo recordaba la noche que supo Norma Jean había muerto.

26 agosto 2009

The Roots of Heaven


Hay películas que parecen epitafios.

The Roots of Heaven no es, ni remotamente, una de las películas más célebres de Huston. Es más: casi sin riesgo a equivocarnos, se podría decir que tampoco forma parte de su (brillante) colección de obras maestras.

Pero en esta hermosa película, dulce y contradictoriamente ecologista, nos reencontramos con el continente negro, con una hermosa mujer, con el universo de la caza. Contemplamos el rostro cansado de un voluntarioso Trevor Howard y, como no, un genuino y fordiano borracho (como una cuba) que no podía ser otro que un acabadísimo Errol Flynn. Y todo ello respira, se mueve y "es" de la forma más genuinamente Huston posible, lo que quiera que tal cosa signifique.

Porque a veces unos minutos de metraje pueden decirnos tanto de él como los bribones Connery y Caine en El hombre que pudo reinar, el consumido Bogart de La reina de África o el maravilloso perdedor que es Stacey Keach en la sin par Fat City. En ocasiones, los recovecos de un cineasta brillan en los rincones más insospechados.

24 agosto 2009

Dillinger

El Dillinger de Michael Mann es un producto extraño. No mira hacia el pasado con una visión renovada, no es una película experimental, tampoco exhibe corte academicista. Navega en una indefinición anómala y atemporal.

Hay algo en el cine de Mann que, pese al deslumbrante dominio del tempo y de la técnica, le impide poseer alma. En el caso de "Enemigos públicos", no es sólo un guión convencional y cojo por momentos; es también una nula implicación con sus protagonistas y una negación directa a desarrollar alguno de los personajes más prometedores que se trae entre manos, como esa esfinge misteriosa que es Murvis, interpretado por un críptico Christian Bale.

Me hipnotiza el fuego de las ametralladoras y el sugerente juego en espiral de la película, una sucesión de atracos y persecuciones sin fin. Un cerco asfixiante se cierra sobre un Dillinger que viene a ser una sombra más de tantos otros antihéroes americanos que intentan ignorar que su momento se acaba. Mann se vuelve gris y torpe cuando intenta retratar la intimidad del gángster; brilla y asombra cuando planifica largos asedios entre policías y delincuentes o, en otras palabras, cada vez que la película se coraliza. El uso del HD ofrece nuevas sensaciones en la vida nocturna rodada; nos reencontramos con el tipo que dió otras texturas a la noche en Alí y que en Enemigos Públicos va un paso más allá.

Quizá, finalmente, el problema sea un grado de autoconsciencia tras la cámara demasiado elevado como para que lo que aparece delante de ella adquiera, de veras, existencia propia. Es decir, para que ocurra el auténtico milagro del buen cine.


05 agosto 2009

Un puzzle vital

En Liverpool durante la posguerra llovía siempre. Siempre.

Al menos, con esa sensación pegada a los huesos se queda uno después de ver Children (1976), Distant Voices, Still Lives (1988), The Long Day Closes (1992) o Of Time and The City (2008). Todas ellas constituyen un puzzle que me dicen que a Davies lo vivido en su infancia le marcó profundamente para toda su carrera cinematográfica; tanto es así, que sus películas miran una y otra vez a ese pedacito de su pasado en una búsqueda constante, una permanente vuelta de tuerca a las mismas obsesiones. Unos fotogramas y otros se mezclan y confunden; escenas que son espejo de otras nos remiten a otra película y a otro momento, que en el fondo es la misma película y el mismo momento.

Algunos cineastas viven atrapados en un extraño círculo donde encierran todas sus preocupaciones vitales. Se ha dicho muchas veces que Allen rueda siempre la misma película. Creo que los que dicen eso se equivocan, pero es verdad que, con toda la riqueza argumental y la variedad de géneros que queramos ver en su obra, al final es una mansión gigante con decenas de habitaciones de variopinta decoración pero conectadas a un mismo pasillo.

Moretti se volvió sereno con el paso de los años. Pero desde luego sus películas son un sucesivo proceso de revisión y pulido de sus primeras fijaciones, con un proceso de metamorfosis mínimo. John Ford regresaba sistemáticamente a la importancia de la amistad entre hombres, una constante que enriqueció su universo del western y que nos brindó algunos de los mejores personajes de la historia del cine. Sabemos que Hitchcock estaba secretamente fascinado por esa rubia fría, algo distante e impersonal, con un halo de misterio y elegancia, mujer que buscó incansable a través de los rostros de sus hermosísimas actrices. Que ciertos problemas sociales son el motivo por el cual Loach hace cine, a los que busca tres pies película sí y película también. Que para Bergman la muerte era lo único cierto en el ser humano, que le aterraba la incomunicación. Que a Dreyer le preocupaba el destino del alma.

Aunque se deba evitar la tentadora posibilidad de confundir al artista con su obra, algunos de ellos se han descuidado tanto que han dejado al descubierto todo lo que se oculta en sus cabezas. Sin querer, sabemos tanto de ellos...


25 julio 2009

Ser canadiense en Canadá

En un país de personalidad fagocitada por el amenazador gigante del sur, la cinematografía propia -si es que existe de manera pura en Canadá- parece casi estrictamente restringida al mundo quebecois. Pero, ¿eso es todo? ¡No! Un puñado de cineastas a orillas del Pacífico resiste ahora y siempre... y ruedan cortometrajes. Y para muestra, un botón.




Jeff Chiba Stearns, nacido junto al Okanagan, nos regala esa preciosidad llamada Yellow Sticky Notes (2007), un original y vertiginoso corto de animación nacido de las entrañas de ese maravilloso invento que es el post-it. No dejeis de devorar estas incansables notitas amarillas.

22 julio 2009

Uso ilegal

Ela é quen de rir e chorar ollando a Anita Ekberg mergullarse na Fontana di Trevi. Diso, e dunha morea de cousas máis.

Isto só é unha escusa para usar (e de paso resucitar) o meu blog de cine con fines persoais.

Eiquí van unhas cantas mulleres de cine. Todas elas moi afoutas pero de seguro que tamén nalgún intre quedaron sen folgos (e ademais, abofé que non eran nin a metade de espelidas ca ti). Por iso, xa sabes: piruleta, bolboreta, arco da vella. Repitamos o conxuro ata que furrule e morra a treboada.

Erguerémo-la espranza sobre ista terra escura
coma quen ergue un facho nunha noite sen lúa

Maureen, Liz, Katherine, Eleanor, Bette e un monumento sueco, xuntas por vez primeira cun único fin: ...







23 junio 2009

Up


Si las películas pudiesen tener texturas y sabores -alguien me dirá que sí los tienen, y yo no sería quién de quitarles la razón-, "Up" sería una nube, una de esas golosinas que sólo un niño es capaz de comer por su gomoso tacto pero que regala a los que consiguen superar esa sensación unos segundos de regreso a un tiempo que ya no existe. Muy dulce y muy suave, la nube se pega al paladar y no se parece a casi ninguna otra cosa.

Pixar regala cuentos de hadas divertidos y tiernos, imaginativos a ratos, casi siempre graciosos, de primoroso acabado estético. "Up" se nutre de la emoción sencilla, el sueño de subir a una casa y volar como hizo Dorothy, y pensar que los perros son, como siempre habíamos sospechado, bastante tontos. Pero tienen buen corazón.

17 junio 2009

The Shootist. Apuntes rápidos.


Carson City no tiene cuatro casas, un saloon y una barbería dispuestas a lo largo de un camino polvoriento. Tiene varias calles, algunos edificios altos y gente que pasea. Amigo, cuando el viejo Oeste toca a su fin, hasta los pueblos de mala muerte crecen.

***

Cohabitan coches de caballos y de motor. Hay un tranvía que recorre una única vía y de él tira un viejo y cansado caballo.


Las pensiones ya no están llenas de chinches. Las hay como la de Lauren (Bacall), decente y limpia.

***

Sin duda cuando Ed Harris rodó Appaloosa y esos calmados desayunos tuvo que haber visto, por fuerza, los que comparten el acabado John (Wayne) y la digna Lauren (Bacall). En la mesa del desayuno, aunque esto parezca un western, la cámara se detiene y la gente habla. Habla mucho en toda la película, de hecho.


Siegel bebió de los clásicos pero no es uno de la vieja escuela. Cuando sigue a John (Wayne) y James (Stewart) por el pasillo, lo hace cámara al hombro. Y cuando el último pistolero vivo elige su forma de morir, aquello ya es casi un thriller. Espejos, intriga, música nerviosa de Berstein.

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El sheriff no tiene por qué ser valiente. Ni siquiera un mercenario ahora al servicio de la comunidad. De hecho, hasta puede ser un cretino.

***

Qué paradoja que sean otros personajes de John (Wayne) los que, a través de imágenes de archivo, sirven de presentación para J. B. Books.

***

No es que sea muy común mostrar el saloon con un travelling tras la barra... pero es que nadie ha dicho que esta fuese una película corriente.


03 junio 2009

C' est pas moi, je le jure!

La han titulado en inglés It is not me, I swear!, respetando con esa literalidad en la traducción la particularidad de una película que intenta alejarse de lo convencional incluso en su título, tan personal e interpelativo.

Philippe Falardeau dirige la que ha sido una de las películas de mayor repercusión en Canadá en el último año, con una fructífera trayectoria en el circuito internacional de festivales. Asisto absorta a un ejercicio interesante y frustrante a partes iguales: la del visionado de una película que quiere ser determinadas cosas y no llega a acercarse, permaneciendo en un indefinido limbo. Hay evocación de la infancia, pero no es una película nostálgica. A ratos aspira a fabular, pero se queda en la línea que bordea lo real y tangible. Se pierde en disquisiciones poéticas, pero no consigue enlazar dos versos. Hay un eco al primer Lasse Hallström pero carece de la pureza de aquel. Nos obsequia con hermosos fotogramas y los resuelve con la realización y el montaje más torpe posible. El guión, casi circular, engarza secuencias sin hacerlas crecer, hasta caer en un cierto letargo. Lo que sí logra en un número considerable de ocasiones es hacernos sonreir.

El quid del discreto encanto de C' est pas moi, je le jure! es quizá su falta de complejos para contar lo que se quiere contar sin saber exactamente cómo hacerlo, asumiendo la limitación en las formas pero no así en la emoción, y dejándolo todo en manos de la mirada frágil de Antoine L' Écuyer. Tratando de acercarse a ese terreno entre el humor y la melancolía que un Buster Keaton o un Charlot supieron hacer suyos, el director nos ofrece otra mirada más hacia el universo del niño... aunque sea el de uno empecinado en suicidarse. Eso sí, siempre de manera muy graciosa.

01 junio 2009

Terminator Salvation. Un domingo en el mall.


Kevin Smith titulaba Mallrats a esa película suya que va precisamente de eso: de las "ratas del centro comercial". Es decir, de las legiones de adolescentes en Norteamérica que han convertido el centro comercial (el mall) en su lugar de ocio, el punto natural de encuentro, el sitio donde pasar la tarde, comer palomitas, hamburguesas y perritos calientes, ligar y ver cine.

Ya hace un par de décadas que ese modelo ha traspasado fronteras y hoy cualquier ciudad europea -y por supuesto las españolas- tiene un centro comercial construido a imagen y semejanza del mall americano. Todavía sobreviven cines a la vieja usanza pero son ya tan pocos que los observamos con una mezcla de nostalgia, lástima infinita y sobre todo, extrañeza, como quien contempla a un animal hermoso en peligro de extinción. Aquí, donde vivo, existe también esa dualidad: un viejo cine que malvive en pleno centro y un gran complejo cinematográfico a las afueras, quintaesencia del mall con pinta de sobrevivir bastantes años más. Sobra decir a estas alturas que este modelo de consumo ha transformado el cine tal y como lo conocían las generaciones anteriores, ha cambiado el tipo de películas que se hacen y cómo se venden, y ha reconducido a la industria de Hollywood hacia el sector que abarrota esas salas: las ratas del mall. Dicho, claro está, con todo el cariño.

Pero me pierdo en divagaciones. Lo que venía a cuento es que hoy he intentado convertirme en una rata de mall, mimetizándome con el entorno, aunque he fracasado por culpa del peregrino y absurdo horario de autobuses. El plan era claro: programa doble, Terminator Salvation y Star Trek, con una (¡obligatoria!) degustación entre pase y pase de comida rápida. Comida rápida de verdad, de la realmente rápida, de la peor. Pero la cosa se truncó y se quedó sólo en el visionado de la primera de ellas.

Miren por dónde, Terminator Salvation me sirve en cierto modo como paradigma de toda esta transformación presenciada a lo largo de mi vida. En los ochenta Terminator todavía era una película de ciencia ficción. Sí, ciencia ficción entendida al estilo de su década, no a la de Stanislaw Lem; ciencia ficción con sus efectos especiales, su protagonista de cine de mamporros, su look ochentero, todo lo que quieran. Pero todavía "iba de eso". Personalmente me gusta esa primera película de Cameron e incluso la muy alocada y a ratos hortera segunda parte, aquella donde la muchachada alucinaba en colores con lo malísimo que era Robert Patrick, con lo guapete que era Edward Furlong, con la música jevarra y con el terminator malo volviéndose líquido... ¡o lo que quisiera! Era peor, pero con más adrenalina. Nuevos vientos.

No sé si alguien recuerda la tercera parte. Podríamos olvidarla sin problema alguno. Ni la vieron demasiados ni trascenderá lo más mínimo, a pesar de la rubia.

Ahora llega Terminator Salvation, más de veinticinco años después de aquello, y la protagoniza Christian Bale. Que ya no es el Bale de hace tres años, ahora es una estrella de las de verdad. Buscaban a un tipo carismático para hacer de John Connor. En la cuarta de la saga no está Schwarzenegger; no hay ciencia ficción, hay acción. Acción a destajo, en plan salvaje. El mundo del videojuego, del cómic y una cierta esencia de todas las películas del ramo de la última década se han metido en la saga llenándolo todo, y haciéndonos abrir los ojos con asombro al ver cómo la industria, una vez más, sabe reinterpretar, deglutir y devolver al espectador todo lo que se cuece en cada momento con precisión milimétrica. Su espíritu remite al pasado, la saga se fagocita a sí misma y se vuelve autoreferencial, en un ejercicio infinito que, cada vez más, presenciamos a diario en las franquicias americanas.

Ah, ¿y de cine qué? Bueno. De eso hablamos otro día. Pero no vean cómo me lo he pasado.

18 mayo 2009

Wendy and Lucy


Wendy y su perra Lucy vagan por alguna ciudad del estado de Washington. Wendy desea llegar a Alaska.

Es francamente difícil construir una película emocionalmente rica cuando se sustenta sobre una anécdota tan ínfima como lo hace Wendy and Lucy, y sin embargo lo consigue. En cierto modo, la película de Kelly Reichardt me arrastró al visionado de la última de Carlos Sorín, La ventana, que también era absolutamente mínima en su concepción argumental.

Sin embargo, allí donde Sorín apostaba por la contemplación y una cuidadosa elección de lo que enmarcarían los límites de cada fotograma, Reichardt apuesta por una inquieta, activa, milimétrica y muy interesante mirada sobre su casi inexistente historia, convirtiendo la anécdota en una experiencia visual desnuda, árida y hermosa. Escenas nocturnas grabadas con su luz natural, cuidadosa elección de la banda de sonido, complejos y bellísimos travellings, infinitos primeros planos de una Michelle Williams menos glamurosa, más desesperada y más guapa que nunca, en pleno estado de gracia, devorando la pantalla.

De Wendy llegamos a saber muy poco, aunque hay espacio para aportar lo que voluntariamente nuestro cerebro desee imaginar.

De Lucy sabemos que el hogar está donde ella está.

16 mayo 2009

Sunshine cleaning

No hace mucho disertaba por aquí sobre aquello de la independencia en el cine.

Hay un lugar que es, por excelencia, el bastión de los indies de este lado del charco: Sundance. Nacido del empeño personal de Robert Redford, con el tiempo este festival se ha convertido en una especie de marca, una etiqueta que identifica un cierto producto, un estilo de hacer cine. También, inevitablemente, a su sombra se han alumbrado muchas películas que han entendido o canalizado de manera equivocada ese mensaje, convirtiéndose en sí mismas en puros clichés. Clichés indies.

Sunshine cleaning, perpetrada por Christine Jeffs y Megan Holley (directora y guionista, respectivamente), podría ser un trasunto de ese género malentendido. Sobra voluntad, buenos sentimientos, intención de conocer y explorar a sus personajes con honestidad y cariño, pero falta lo más importante: una película no es sólo una buena idea, ni siquiera una realmente buena, como lo es la premisa que aquí toman. Una empresa familiar dedicada a dejar relucientes escenas de crímenes y suicidios es un punto de partida estupendo pero, desgraciadamente, entremientras, tiene que suceder algo más.

Amy Adams busca su sitio con esa frágil Rose. Una esforzada Emily Blunt pasea su bello rostro intentando dar credibilidad a esa supuesta niña rebelde que en realidad no se sale ni una coma de lo común. Alan Arkin es Alan Arkin. Y en medio de todo esto, uno mira distraídamente las butacas vecinas para espiar si a ellos les está gustando la película...

09 mayo 2009

Voces distantes


Davies, siempre tejiendo el paso del tiempo. La memoria, los recuerdos, atrapados como instantes congelados en el fotograma. Un retrato de familia verdaderamente sorprendente en concepción y forma, un desafío en el uso del lenguaje cinematográfico que quiebra barreras espaciales y temporales en una única secuencia.

Distant voices, still lives pasa ya de los 20 años de vida y se revela más rompedora que nunca.

08 mayo 2009

Donde haya un cinéfilo, hay una revista...

No hay Dirigido por, Cahiers du Cinema, Nosferatu, Cámara Lenta o siquiera una simple Fotogramas. Pero en cambio hay revistas como ésta. Y su portada ya es toda una declaración de intenciones, de principio a fin.

06 mayo 2009

The Singing Revolution


Estonia es un pequeño país alojado en el corazón del Báltico, con apenas un millón de habitantes. Devorado sucesivamente por los rusos, luego los alemanes y nuevamente por la arrolladora Unión Soviética, su soberanía fue pisoteada y gran parte de su población deportada a Siberia o represaliada.

Sin embargo, durante décadas hubo algo que les mantuvo vivos: su ancestral tradición de cantar unidos. Miles de personas reunidas en un único lugar, entonando a un tiempo. Hasta la tercera parte de la población estonia ha llegado a cantar al unísono en un único recinto, en un acto que para ellos significaba la pervivencia de su cultura y de su identidad como estonios frente al gigante soviético. La reconquista de su soberanía tuvo mucho que ver con sus canciones como pueblo y el camino para lograrlo fue lento y tortuoso, pero no se disparó un mal tiro.

A medio camino entre los Claveles portugueses y los cantos de los esclavos negros en los campos de algodón en América, esta Revolución Cantante es un caso realmente especial y curioso en nuestra historia reciente.

¿Desean aprender más? Busquen The Singing Revolution.

28 abril 2009

El gran Norte Blanco


Las anchas avenidas están numeradas.
De los semáforos cuelgan letreros que indican ONE WAY.
Los bares ofrecen cafés del tamaño de una jarra de cerveza.
Todo el mundo habla en inglés.

Me siento como si estuviese dentro de una película, aunque decididamente no lo estoy. Desde que vivo en Canadá tengo la sensación de que en cualquier momento puede aparecer un subtítulo bajo mis pies. ¿Habeis visto la última de Tom McCarthy, The visitor? En ella Richard Jenkins regresa a su viejo apartamento newyorkino después de 20 años sin haberlo pisado. Yo jamás había habitado una casa entre el Pacífico y las Rocosas, pero lo cierto es que de alguna manera me siento también como en casa, porque sentirse dentro de una película es, en cierta forma, como estar en tu hogar.

Abril ha sido un mes revuelto pero ya que existen cines en la ciudad este callejón se llenará pronto de más fotogramas pegados a la retina.

¡Besos desde el otro lado del charco!

15 abril 2009

Españoladas de repronto

Hacía mucho tiempo que esta felina, declarada seguidora del Doctor Repronto, quería compartir alguna de sus Reflexiones de Repronto con todos vosotros. Y qué mejor para este blog que hablar de ese inasible concepto,

La Españolada

Porque, ¿qué es una españolada? Pinchen y vean.



Cuánta sabiduría, Doctor Repronto.

09 abril 2009

Rebelde sin causa. Apuntes sin motivo.


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Uno de los chicos de la panda de Buzz sigue constantemente las gracias de su jefe. Se llama Dennis Hopper, luce ojos desencajados y una sonrisa desafiante. Es su primer papel en el cine.

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Dean ha pasado la edad de instituto hace mucho, pero sus maneras y su sonrisa son las de un adolescente. Sin embargo Natalie Wood tiene sólo quince años cuando comienzan a rodar, y parece toda una mujer.


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Sal Mineo/Platón guarda en su taquilla una única foto. Es de Alan Ladd, una de las grandes estrellas del cine más olvidadas en la actualidad por los mitómanos.


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¿Platón admira o ama a Jim?


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Una comisaría de policía dividida en varias estancias. Siempre vemos perfectamente a todos los protagonistas compartiendo fotograma. Es la lección de puesta en escena y dominio de la profundidad de campo que Nicholas Ray nos regala nada más arrancar la película.


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Los planetarios son lugares tenebrosos donde uno puede adivinar que no es más que una mota insignificante en el universo.


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La misma carrera de coches, revisitada más de veinte años después, puede llegar a ser divertida.



31 marzo 2009

Dresden, Deustchland


También tienen cines en Dresden.

PD. No, todavía no he aprendido suficiente alemán como para atreverme a entrar.

25 marzo 2009

Programa doble

Antes sucedía con cierta frecuencia. Eso de meterme en un cine y no salir hasta la madrugada, digo. Ahora es excepción pero, cuando esporádicamente ocurre, me siento más feliz que un gato ante un plato de sardinas y con la mente repleta de imágenes que se amontonan.

Ángel de la Cruz hizo en Los muertos van deprisa una especie de Bienvenidos al Norte en versión gallega (involuntariamente, claro). Le ha quedado sólo "bienintencionada", esa palabra que aquí mismo juré que era absurda y no usaría para calificar una película.


Pese al llamativo esfuerzo (evidenciado en los largos créditos iniciales) para reunir fondos, eso no se ha traducido en una historia bien contada. Ni siquiera algunos de sus actores -habituales no sólo de la TVG, también del buen teatro compostelano- consiguen salvar la función, y eso que en otros territorios, como es encima de las tablas de un escenario, nada tienen que envidiar a un Robert de Niro. Pese a la profesionalidad y el cariño depositado en cada escena, convencida como estoy de que además todo Ribadeo se ha volcado en convertirse en ese ficticio Fariño do Mar, todavía está por llegar la producción del pujante audiovisual gallego que consiga conjugar calidad y una amplia respuesta de público.


Una de las preguntas que me hago es sobre el planteamiento mismo de la historia. ¿A quién está destinada Los muertos van deprisa? Si hacemos caso a su enfoque, diríamos que claramente al público no gallego, de forma casi excluyente. El uso de los tópicos sobre el carácter y las supersiticiones en Galicia y los recursos cómicos están pensados para atraer llamando la atención sobre los factores diferenciales. Sin embargo la torpeza e ingenuidad con la que esos aspectos están tratados evita que el público autóctono pueda digerir mínimamente nada de lo que se cuenta.


Harina de otro costal es hablar de Los abrazos rotos. Una película compleja en sus planteamientos, referencias, autoreferencias e infinitos juegos de espejos; también, obviando todo ello, es un plato de sabrosa degustación, con momentos intensos y hermosos, otros cómicos, y otros que se nos antojan el siempre habitual cierre de guión del manchego: capaz de lo mejor y lo peor; es lo que hay.

Es lo que tiene jugársela con el género Almódovar (sí, género, con lo que la palabra implica): uno acepta pulpo como animal doméstico. Y es importante saberlo para disfrutar del juego.

Para el recuerdo me quedo con José Luis Gómez y esa impagable lectora de labios, Lola Dueñas, en una de las escenas más trágicas y a la vez graciosas que haya dado nunca el cine español.

Si ya la han visto y desean desentrañar la telaraña, lo mejor es que se den una vuelta por esta página y disfruten de la opinión de dos expertos.

Buenas noches y buena suerte.

22 marzo 2009

La cámara que respira


Ingmar Bergman también tuvo su ópera prima. Se llamó Kris ("Crisis").

Es posible que en cierto sentido Crisis pueda parecer una película más de los años cuarenta -esos profundísimos planos con afilados puntos de fuga o la inevitable voz en off- en conexión incluso con el cine que algunos europeos rodaban al otro lado del charco. Se me antoja sin embargo una película con personalidad, a pesar de que Bergman es Bergman gracias a cosas que vinieron más tarde, a pesar de que renegase considerablemente de ella, a pesar de su frase "Si alguien me hubiese pedido que filmase la guía telefónica, lo hubiese hecho".

Manifiestamente teatral en su concepción del espacio, diálogos y en especial en la orquestación de las secuencias de grupo -el baile y el desenlace final, ante el teatro-, hay sin embargo algunos aspectos que huelen tan familiares como el olor de la empanada de mi madre en el horno al fondo del pasillo. El tratamiento de la angustia y la culpa, y en especial ese personaje desquiciado, Jack (Stig Olin), desprenden aroma a bergmaniano donde quiera que vayan.

Se puede obviar un montaje un tanto extraño y una música de utilización dudosa, pero de lo que es imposible abstraerse es de esa cámara que observa a los personajes que hablan mediante microestructuras de tres o cuatro minutos; primero, a una distancia prudencial; luego inquisitivamente en plano medio; una vez resuelta la tensión, se abre de manera abrupta y la respiración contenida se relaja en un largo suspiro.

No pude evitar recordar con una sonrisa a Javier Cámara y a su magnífico personaje en Torremolinos 73, el más dulce y divertido homenaje a Bergman que se pueda imaginar. Y también, así, con pirueta imposible, la primera película del sueco que vi en mi vida. Muy pocos añitos, Navidad, y me encontraba con mi padre en el siempre gélido salón de la casa de mi abuelo materno. Un ventarrón del norte como sólo los hay allí sacudiendo las ventanas y unos ojos como platos mirando con desconcierto Fanny y Alexander.

(Sí, hubo una época donde la tele pública ponía películas así en hora punta. Créanselo).

19 marzo 2009

En vivos colores rojizos

Ahora que la promoción de Los abrazos rotos está hasta en la sopa, deléitense con la sabiduría del joven Alvy Singer quitándose la careta en Libro de Notas y reflexionando sobre la figura de Almodóvar.

Con todos ustedes,

18 marzo 2009

Historias de barrio

Clint Eastwood es autor de una de las obras maestras del cine contemporáneo, Medianoche en el jardín del bien y del mal.

Es también el que filmó El jinete pálido, uno de mis remakes preferidos de siempre. El que concibió esa maravilla llamada Los puentes de Madison. El que firma Sin perdón, la espléndida Cartas desde Iwo Jima, la sentida Bird o la sombría Mystic River.

Sin embargo, no es de ese Eastwood del que quiero hablar hoy.

Creo con sinceridad que en Gran Torino Clint no buscaba ni resumir todos sus personajes en uno, ni homenajear a su pasado, ni filmar su última gran película "crepuscular" -qué gastado se nos ha quedado el maldito adjetivo-, ni contar "la" historia definitiva sobre la intolerancia o sobre la sociedad americana. Todo lo dicho forma parte de lo mucho que se ha escrito ya sobre ella, pretendiendo dotar a la película de una profundidad que sencillamente no posee o, más aún, de una intencionalidad que probablemente su autor nunca buscó. No hay segundas lecturas en Gran Torino. La lectura es clara y meridiana.

Eastwood no escribe sus guiones, los elige. Tampoco trabaja siempre con los mismos guionistas. En ocasiones le han proporcionado textos magníficos; en otras, no tanto. Con algunas historias se ha implicado mucho y ha dado lo mejor de sí, aunque casi siempre, en todas -incluso en sus películas más flojas, que también las hay- prevalece su buen olfato para la puesta en escena, esa que permite que su trabajo de dirección sea siempre delicado, sensible, sobrio y equilibrado. El guión en el que se basa Gran Torino no está ni de lejos entre los mejores que ha tenido entre sus manos, rayando la simplicidad más absoluta en varias ocasiones. A cambio podemos decir, sin temor a equivocarnos, que su lenguaje es cercano e inmediato, que su mensaje es muy emotivo, que es cálida con el espectador. Sencillo y certero, tal vez. Incluso que alguno de sus detalles de brocha gruesa poseen a cambio una funcionalidad indudable, una economía de medios y explicaciones que a veces también es de agradecer, por contradictorio que parezca este alegato antisutilezas. Ejemplo de esa economía de guión, por citar un caso, son esos diálogos iniciales en la iglesia donde a todas luces los hijos de Kowalski no cuchichean "de veras" entre ellos sino que están proporcionando una ingente cantidad de información al público sin disimulo alguno, ahorrándonos una larga introducción y permitiéndonos conocer al protagonista en cuestión de segundos. Claro que estos recursos no siempre valen.

Por algún motivo también en los concienciudos análisis publicados sobre la película se ha querido obviar el marcado espíritu cómico que posee, como si ello le otorgase casi de forma inmediata esa temida etiqueta de "menor" (maldita, maldita etiqueta también). No es una comedia en su construcción pero sí en su carácter durante tres cuartas partes del metraje. La comicidad la construye el Eastwood actor con sus escasos y meditados gestos, gruñendo más que mi abuelo en sus mejores tiempos. Una comicidad que nace de un ceño fruncido y la mirada cómplice de los que estamos en la butaca, que sabemos de buena tinta que el viejo racista cascarrabias esconde un buen corazón. Tras ofrecernos algunos de los momentos más relajados y felices que Eastwood haya podido filmar en toda su vida, en la proximidad del desenlace se aleja a pasos agigantados de este tono y por ello sacude al espectador en su butaca de la forma en que lo hace.

Gran Torino es muy divertida, conmovedora y ligera. Es un pequeño milagro de quien controla bien los resortes del tempo narrativo, convirtiendo algo con menos miga de lo que parece en dos horas livianas que transcurren en un suspiro. Y, finalmente, el momento más tierno y emocionante se lo reserva el director para sí mismo en un precioso plano: la (furtiva) lágrima del hombre abrumado por las circunstancias en la soledad de la noche, hundido en su sofá.