
Rutger Hauer no es una estrella de primera fila, pero su imagen en Blade Runner encarnando a esa suerte de ángel de la muerte constituye todo un icono de la historia del cine.
Tras el secreto de este icono está la magia de un clásico incuestionable pero también, de alguna forma, la rompedora presencia física de Hauer, que produce un impacto que va más allá de su oficio como actor. Un impacto que guarda más relación, por ejemplo, con el que exhibe Mitchum en La noche del cazador; un impacto que tiene poco que ver con cualquier canon de belleza convencional.
Tras el secreto de este icono está la magia de un clásico incuestionable pero también, de alguna forma, la rompedora presencia física de Hauer, que produce un impacto que va más allá de su oficio como actor. Un impacto que guarda más relación, por ejemplo, con el que exhibe Mitchum en La noche del cazador; un impacto que tiene poco que ver con cualquier canon de belleza convencional.
La carrera de Hauer ha tenido sus aciertos pero en ningún caso se puede decir que haya sido ejemplar. Está trufada de infinitos trabajos de pura supervivencia.

Barbarossa (Renzo Martinelli, 2009) es posiblemente ya -sin duda- el gran fracaso del año en el cine italiano. Se dejaron un montón de pasta en este infumable alegato pro Liga Nord, donde Lombardía es una región plagada de valientes que terminarán venciendo con su abnegado espíritu al invasor germano, y en cambio Roma es sólo una "débil ciudad" que caerá fácilmente ante el rodillo del emperador Federico Barbarroja. De la copia burda de Braveheart, los mohines de sus guapísimos protagonistas desprendiendo erotismo del todo a cien o del delirante guión mejor ni hablar. Por no preguntarse qué pintan Murray Abraham o Ángela Molina en un penoso intento de dar lustre a una producción que ya antes de su estreno se presentía como fracaso y que muy pocos italianos han ido a ver, a pesar de su elevado coste y potente promoción publicitaria.
Pues en medio de todo esto está Rutger Hauer, que interpreta a Federico Barbaroja. Un punto curioso: no es el protagonista, no es el héroe; no es siquiera el villano de la función. Pero da título a la película. Y también, curiosamente, sale indemne de todo el espectáculo sonrojante que ofrece el metraje.
¿Por qué? ¿Qué hay en el porte de Hauer de especial, aparte de que indudablemente las vestimentas medievales le caen como anillo al dedo?
Creo que es la sugestión provocada por la sombra alargadísima, infinita, de un recuerdo cinematográfico almacenado en el fondo del cerebro. Uno de esos casos donde el personaje está muy por encima de su intérprete...

PD. Interesantísima la otra faceta mecénica de Rutger Hauer: http://www.rutgerhauer.org/icfilms/index.php















































